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jueves, 23 de abril de 2026

INSPIRACIÓN

 


La habitación en semi-penumbra y las musas revoloteando sobre mi cabeza... 

Yo, un ser abstraído e inmerso en mi trabajo, observaba ese lienzo en blanco, tan familiar y tan aterrador a la vez. Sonreí cuando las primeras palabras se perfilaron en mi mente y comencé a plasmarlas sobre el papel; una hora después, con orgullo, miraba aquellos cuatro renglones, tan bien configurados y cargados de sentimientos.

Recuerdo que varios días atrás, ufano en aquellas tertulias de caballeros y damas que se dedicaban a este noble oficio, exclamé con orgullo que la inspiración era para mí como respirar y que las ideas volaban de mi mente al papel como un rayo meteórico; pero cuatro renglones, había tardado una hora en escribir cuatro renglones; pero qué renglones, eran sublimes, perfectos, dignos de...

Arrugué la hoja y la lancé a la papelera; cayó en el suelo, hice un mohín, siempre podría decir que era a causa de la mala iluminación y no de mi mala puntería.

 Aparté la mesa con frustración, me levanté de la silla y comencé un paseo frenético por la habitación. Vueltas y más vueltas, y solo podía pensar en cómo se reirían mañana por la tarde mis compañeros al llegar a la tertulia con las manos vacías. ¡Quién me mandaría a mí prometer que leería ante todos el comienzo de una obra que sería digna de los grandes de la literatura!

Y en ese momento me detuve al darme cuenta de mi craso error: una historia no se puede forzar, ha de salir del interior y tener alma; esa es la verdadera inspiración. Y me fui a dormir...

 Escuché un canto lejano y abrí los ojos lentamente, quedando extasiado por la belleza del paisaje que me rodeaba: campos dorados bajo la luz deslumbrante del verano y un azul brillante en un cielo sin nubes. Aquel lugar vibraba con un ritmo propio y sentí felicidad.

Al despertar, me sentía renovado, tiré de un manotazo el edredón al suelo y ocupé de nuevo la silla frente a mi escritorio y, con la pluma en la mano, fui dando vida casi sin pensar a lo que en realidad llevaba dentro.

Fin; levanté la mirada y la habitación estaba completamente iluminada. ¿Cuántas horas habían pasado? Esta vez, con orgullo, observé el manuscrito que había concluido; era solo un borrador, pero había puesto todo mi ser al crearlo. Inspiración se llamaba... 

Esta noche podría aseverar a ciencia cierta que Calíope, musa de escritores, tuvo la bondad de visitarme.

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